News Release

El cultivo de maíz sustentó grandes aldeas precoloniales de la sabana brasileña

Una investigación revela, por primera vez, las estrategias de subsistencia alimentaria de estas comunidades, que empleaban prácticas sofisticadas de uso de la tierra e incluían diversas especies

Peer-Reviewed Publication

Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo

image: 

MAE-USP researcher Eliane Chim (with her back to the camera) examines a human skeleton found in a rock shelter in the municipality of Iuiu, Bahia 

view more 

Credit: Adriano Espinola Filho

El cultivo de maíz fue fundamental para el sustento y el desarrollo de grandes aldeas del Brasil precolonial que poblaron el Cerrado —el bioma de sabana brasileño— entre los siglos IX y XVII, según un estudio publicado en la revista Science Advances. Liderada por arqueólogos de la Universidad de São Paulo (USP) y apoyada por la FAPESP, la investigación revela, por primera vez, cuáles eran las estrategias de subsistencia de estas comunidades con alta densidad de población, que empleaban prácticas sofisticadas de uso de la tierra, basadas en el cultivo de diversas especies (policultivo), con especial énfasis en el maíz. Hasta ahora, la ciencia contemplaba la posibilidad de que hubieran sido poblaciones de cazadores-recolectores, predominantemente nómadas, o agricultores dedicados al monocultivo.

Además de contribuir a comprender la historia de la influencia humana en una de las sabanas tropicales con mayor biodiversidad del planeta, el trabajo ayuda a entender la producción de alimentos y las estrategias de uso de la tierra que moldearon los paisajes del Cerrado tal como los conocemos actualmente.

Asimismo, destaca la importancia de este bioma para comprender las innovaciones biotecnológicas utilizadas por las sociedades indígenas del Brasil precolonial, en este caso, la adaptación del maíz a las condiciones ambientales de la sabana brasileña, muy diferentes de las de su lugar de origen. Investigaciones anteriores ya habían abordado la caracterización y dispersión del maíz en América Latina, y demostraron que llegó a Brasil a través del suroeste de la selva amazónica hace al menos 6 mil años, procedente de México, donde se originó hace 9 mil años, para posteriormente extenderse a otras regiones.

Las conclusiones del estudio se basan en el análisis de pequeñas variaciones químicas conservadas en huesos y dientes humanos, que permitieron identificar qué tipos de plantas y otros alimentos consumían estas poblaciones, como una especie de “registro” de su alimentación a lo largo de la vida.

“Suelo decir que el ser humano es lo que come, ya que su alimentación deja un registro en la composición química de los huesos y los dientes. Gracias a ello, logramos identificar un consumo de maíz comparable al de las poblaciones mayas o andinas, algo completamente inesperado en este contexto. También detectamos diferencias entre dos sociedades distintas, es decir, tradiciones arqueológicas con dietas marcadamente diferentes, lo que corrobora la existencia de una diversidad social y cultural”, explica a Agência FAPESP Eliane Chim, investigadora del Museo de Arqueología y Etnología de la Universidad de São Paulo (MAE-USP) y primera autora del artículo, que forma parte de su tesis doctoral.

“Desde hace más de un siglo, la arqueología brasileña debate el papel del maíz en las sociedades precoloniales, especialmente en aquellas que tenían una elevada densidad demográfica y producían cerámicas más elaboradas. Es la primera vez que se logra demostrar en Brasil el papel central de este cultivo en la subsistencia de esas poblaciones. Al igual que en los Andes y Mesoamérica, su cultivo aquí está asociado con sociedades de mayor tamaño poblacional y con huellas más evidentes en el paisaje”, destaca el arqueólogo André Strauss, coordinador del proyecto y director de tesis de Chim. Strauss es profesor del MAE-USP y uno de los autores de correspondencia del artículo, junto con Patrick Roberts, del Instituto Max Planck (Alemania).

Los investigadores consideran que el estudio constituye un hito en la arqueología brasileña, por haberse publicado en una revista científica de alto impacto y contar con investigadores brasileños como primer y último autor. La investigación recibió financiamiento de la FAPESP mediante el programa Jóvenes Investigadores otorgado a Strauss, becas concedidas a Chim y a otros integrantes del grupo (20/04402-0, 23/06749-5, 22/05420-7, 20/06729-6 y de dos proyectos, uno de los cuales contribuyó a financiar la publicación en la revista 19/15914-4 y 26/12048-8.

El "valor" de los huesos

Los científicos analizaron isótopos estables de carbono, nitrógeno y oxígeno en dientes y huesos de más de cien individuos procedentes de 37 sitios arqueológicos del Cerrado, la Caatinga (bioma semiárido del nordeste de Brasil) y la Mata Atlántica. En promedio, las muestras datan de un período comprendido entre 1.100 y 400 años atrás y se obtuvieron de excavaciones realizadas por el grupo de investigación y de colecciones arqueológicas reunidas desde la década de 1970.

Los isótopos son variantes naturales de cada elemento químico que se diferencian por su número de neutrones. En el caso del carbono, permiten identificar qué tipos de plantas predominaban en la dieta, distinguiendo, por ejemplo, el maíz de otros frutos y plantas típicos del Cerrado. El nitrógeno ayuda a estimar la cantidad de proteína animal consumida y la posición de los individuos en la cadena alimentaria. Por su parte, el oxígeno proporciona datos relacionados con el agua consumida y las condiciones ambientales.

Como los diferentes alimentos presentan firmas isotópicas distintas, estas señales quedan “registradas” en los tejidos del organismo y pueden utilizarse para reconstruir la alimentación de poblaciones antiguas. Esto permite identificar si la dieta se basaba principalmente en el maíz o en otros alimentos, así como determinar si existía consumo de proteína animal.

Además, los científicos realizaron dataciones por radiocarbono (una técnica que permite determinar la antigüedad de restos orgánicos) en el colágeno de aproximadamente el 40 % de los huesos que aún conservaban esta proteína y utilizaron registros paleoecológicos para reconstruir las dietas. Estos registros consisten en vestigios preservados en la naturaleza, como semillas, sedimentos y restos de plantas y animales, que permiten comprender cómo eran la vegetación, el clima y el ambiente en diferentes períodos.

Las muestras proceden de aldeas de la tradición Aratu, cuyas poblaciones vivían en asentamientos al aire libre, y de la tradición Una, integrada por algunos de los primeros horticultores ceramistas del Cerrado, que frecuentaban abrigos rocosos, generalmente cercanos a cauces de ríos o lagunas.

En las poblaciones Aratu, el colágeno óseo y el esmalte dental de los individuos más antiguos indicaron el consumo de maíz. Además, otros estudios registraron marcas de desgaste en recipientes de cerámica compatibles con la fermentación de bebidas alcohólicas, lo que apunta a un papel más amplio de las plantas cultivadas en la vida cotidiana de las aldeas. Esto sugiere que el maíz podría haber constituido la base de la alimentación y, posiblemente, haber desempeñado un papel en prácticas comunitarias o rituales.

“No se habla tanto de ellos, pero estos grupos Aratu tenían una presencia singular en el Cerrado”, destaca Strauss. Según explica, las aldeas Aratu llegaban a albergar hasta 2 mil habitantes, una población similar a la de la mayoría de las ciudades europeas de aquella época.

Por otro lado, las poblaciones de la cultura Una que habitaban abrigos rocosos consumían alimentos más variados, con una menor presencia de maíz en su dieta. Según los científicos, dado que estos grupos ocupaban ambientes similares a los de las aldeas Aratu, las diferencias no pueden explicarse únicamente por factores ecológicos. Por el contrario, indican que dentro del bioma coexistían tradiciones culturales y estrategias económicas distintas. Ambas poblaciones practicaban el policultivo, pero en el caso de las comunidades Aratu, más numerosas, el maíz constituía una fuente primordial de subsistencia.

Construcción colectiva

En total, el proyecto lleva más de diez años de desarrollo. Reunió a 31 investigadores de diez universidades brasileñas, en colaboración con el Instituto Max Planck e instituciones de Portugal, Polonia y Estados Unidos.

“La arqueología tiene sus propios tiempos. En seis meses prácticamente no se puede hacer nada. Es necesario realizar trabajos de campo, excavar, regresar al laboratorio y llevar a cabo la curaduría de los materiales para que, solo entonces, pueda comenzar la fase propiamente analítica del trabajo. También aprovechamos este proceso como un mecanismo de formación de recursos humanos, y Eliane [Chim] es un ejemplo de ello”, afirma Strauss.

Para Chim, uno de los desafíos de realizar este tipo de estudios es la conservación del material arqueológico, especialmente cuando tuvo que analizar el colágeno. Se evaluaron más de 270 piezas para conseguir obtener la muestra utilizada en la investigación.

“Pretendemos retomar las investigaciones de campo en estos sitios arqueológicos e intentar localizar las áreas de cultivo, es decir, los lugares donde estas poblaciones sembraban sus alimentos. Conocemos los cementerios, los campos de urnas funerarias y sabemos cuál era el tamaño de algunas aldeas, pero necesitamos encontrar los demás espacios ocupados por estas personas”, concluye Chim, al referirse a las próximas etapas de la investigación.

El artículo Maize-based polyculture, not monoculture, sustained precolonial societies in the Brazilian Cerrado puede consultarse en: https://science.org/doi/10.1126/sciadv.aef7066.


Disclaimer: AAAS and EurekAlert! are not responsible for the accuracy of news releases posted to EurekAlert! by contributing institutions or for the use of any information through the EurekAlert system.